Los tiempos cambian, cambia el contexto, aumenta la competencia, y sin embargo las inercias en ocasiones dificultan la necesaria adaptación al tiempo nuevo. Nos ocurre en nuestra vida social, y ocurre exactamente igual en las empresas. La planificación estratégica es un buen ejemplo.
Seguimos con prácticas que fueron imprescindibles en el pasado: fijamos objetivos en función de demanda pasada y ventas comprometidas, diseñamos planes para alcanzar esos objetivos y adquirimos los recursos necesarios para activar esos planes, como si viviésemos en un entorno estático donde todo está controlado, como si la consecución de los objetivos marcados fuera solo una cuestión de esfuerzo y de recursos cuando, en realidad, sabemos que eso ya no es así.
El entorno es cualquier cosa menos estable; los competidores cada día son más y de mayor calidad, más eficientes, innovadores, focalizados …; los clientes, conscientes de su poder, más exigentes. La labor de las empresas se complica y los planes rígidos ayudan poco a avanzar.
Probablemente es momento de empezar a plantearse seriamente una revisión del planteamiento estratégico, algo que a nivel académico ha sido detectado hace tiempo pero que aún no ha calado en la mayor parte de las compañías: lo importante no son tanto los planes como la capacidad de adaptación de la compañía al entorno cambiante, lo que pasa necesariamente por el compromiso y la cualificación de la plantilla; por su capacidad para detectar oportunidades y aprovecharlas; por la apuesta de la empresa por las personas.
Esta es la tesis básica que desarrolla el presidente del Círculo de Economía de la Provincia de Alicante en su artículo en Abc con este mismo título, “la planificación estratégica”, que puedes leer pulsando aquí.
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