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Fernando Botella: «No es verdad que si queremos podemos»

«No es verdad que si queremos podemos». Con esa frase abrió Fernando Botella la presentación de Crearte, el 14 de octubre en la Universidad de Alicante, y de paso se llevó por delante uno de los lemas favoritos del desarrollo personal. Invitado por el Club de las Buenas Decisiones, habló de creatividad, de responsabilidad personal y del valor del tiempo, y lo hizo con historias, con humor y hasta con una pequeña pieza de teatro. Su tesis: la vida no viene con el guion escrito, y siempre podemos preguntarnos qué está en nuestra mano cambiar, aunque el azar y las circunstancias también jueguen su papel. El acto tenía además un fin solidario, a favor de la Fundación Aladina. Lo que sigue es una entrevista reconstruida a partir de aquella conferencia.

—En Alicante empezó desmontando una frase que todos hemos oído: «Si quieres, puedes». ¿Qué tiene de engañosa?

—Que no es verdad. Querer es necesario, pero no basta. Si no quieres, no vas a poder; pero aunque quieras, puede que lo consigas y puede que no. Tienen que pasar muchas otras cosas. El ecosistema importa, el azar importa y hay circunstancias que no dependen de nosotros.

Por eso prefiero hacerme otra pregunta: ¿qué sí depende de mí?

—¿Es esa la pregunta que está detrás de Crearte?

—Sí. ¿Qué puedo hacer a pesar de todo lo que me pasa? ¿Qué puedo modificar? ¿Qué tengo que cambiar? Tiene que ver con lo que en psicología se llama locus de control interno: poner la atención en lo que uno sí puede hacer.

Eso no significa negar las dificultades. Hay personas que viven circunstancias muy duras, y no todo está en nuestras manos. Pero algo sí lo está: decidir y buscar alternativas.

—El título del libro es un juego de palabras. ¿Qué hay dentro de Crearte?

—Tres cosas. Crear, porque nuestra vida es probablemente la obra más importante que vamos a hacer. Arte, porque el artista imagina lo que quiere construir y empieza a darle forma. Y el «te», que en la portada va subrayado: va dirigido a ti, a que pienses qué depende de ti.

Lo que propongo es quitar el piloto automático. Hay quien pasa por la vida sobreviviendo, y es legítimo. Pero también podemos intentar que las cosas ocurran: dejar de ser espectadores y ponernos a construir nuestra propia vida.

—Habla de aspirar a una «vida wow». ¿A qué se refiere?

—A vivir despiertos. No digo que haya que estar siempre feliz ni que podamos ahorrarnos el sufrimiento. Hay sufrimientos que vienen con la vida. Pero hay otros que alimentamos nosotros con nuestra forma de pensar.

En la conferencia elegí cinco ideas para esa manera de vivir: manejar los temores, distinguir lo que nos ayuda de lo que nos limita, mirar la realidad de forma creativa, darnos permiso para cambiar y cuidar el lenguaje con el que nos hablamos. No sé si son las únicas ni las más importantes, pero para empezar me parecen muy útiles.

—Usted distingue entre miedo y temor. ¿No son lo mismo?

—No. El miedo es necesario: nos protege y nos avisa de un peligro real. Sería absurdo querer no tenerlo. El temor es otra cosa: es anticiparse en negativo, quedarse paralizado antes de que pase nada.

Si alguien me amenaza en la calle, el miedo me ayuda a reaccionar. Pero si dejo de salir porque no paro de imaginar que alguien puede amenazarme, ese temor me está condicionando la vida. Ese es el sufrimiento que fabricamos con la cabeza, y conviene aprender a reconocerlo.

—También cuestionó una frase aparentemente inocente: «Yo soy así». ¿Qué tiene de malo?

—Que muchas veces se usa como una sentencia. Alguien me dice: «Soy una persona distante». Y yo le diría: «Ahora estás siendo distante, pero podrías relacionarte de otra manera». Pasa lo mismo con quien dice que es frío, complaciente o incapaz de cambiar.

No estoy en contra de la coherencia. Pero si confundimos ser coherentes con no cambiar nunca, dejamos de cuestionarnos, de aprender y de incorporar valores nuevos.

—Entonces, ¿a veces hay que dejar de ser «uno mismo»?

—Hay que permitirse cambiar. Se dice mucho «sé tú mismo», como si fuéramos algo terminado. Yo prefiero preguntarme si puedo ser de otra forma. Me encanta la gente normal que, de vez en cuando, hace algo que se sale de su normalidad.

La vida no está escrita de antemano. Podemos mirar las cosas desde otro sitio, probar alternativas y hacer algo distinto de lo que veníamos haciendo.

—¿Qué entiende por creatividad? ¿Es cosa de artistas?

—No. Para mí, la creatividad es la capacidad de ver la realidad de una manera desacostumbrada. Y cuando miras distinto, aparecen alternativas: puedes elegir mejor, decidir mejor, hacer las cosas de otro modo.

Esa mirada no llega al final del camino, sino al principio: en el momento en que te planteas una posibilidad que antes no veías.

—Puso como ejemplo una orquesta de instrumentos reciclados nacida en Cateura, en Paraguay. ¿Qué enseña esa historia?

—Que se puede crear belleza donde otros solo ven basura. Es la historia de una escuela de música que impulsó Favio Chávez. Necesitaban instrumentos y empezaron a fabricarlos con materiales recuperados. Así pudieron tocar y, con el tiempo, salir a dar conciertos.

De ahí saco varias cosas. No tener no siempre es una razón para no hacer. Lo que unos tiran, a otros les sirve. No hace falta tener lo mejor para empezar. Y cuando alguien cree en ti, las cosas pueden cambiar: tener un maestro importa mucho.

—En esa historia hay alguien que confía en los niños. ¿Necesitamos a otros para construir nuestra vida?

—Muchas veces, sí. Queremos resolverlo todo solos y acabamos atascados. Que alguien te enseñe, confíe en ti o te ayude a ver una salida marca la diferencia.

También me gusta la idea del «más uno»: llegar a un punto y no darlo por terminado, seguir buscando. No dar por hecho que lo que has hecho hasta hoy es todo lo que puedes hacer.

—Otra frase suya: «La vida no es oro. La vida es tiempo». ¿Qué quería decir?

—Que vivir es gastar tiempo. Y aun así nos comportamos como si siempre fuéramos a tener más. Todo es urgente y nuestra atención está en disputa permanente. Hay gente que lo primero que hace al levantarse es mirar el móvil, o parejas que están juntas y cada uno mirando su pantalla. Nos hemos vuelto un poco adictos al scroll.

La pregunta es: ¿para cuándo vas a dejar lo que de verdad te importa? ¿Para cuándo esas relaciones, esos proyectos, esas experiencias? En el libro cuento cosas que a mí me gustan, desde un café sin azúcar hasta pequeñas escenas cotidianas. No para que nadie copie mi lista, sino para que cada uno haga la suya.

—¿Y qué distancia hay entre la vida que soñamos y la que vivimos?

—Dicho de forma sencilla, todos tenemos una vida soñada y una vida vivida. Nunca van a coincidir del todo; siempre faltará algo. Pero cuanto más se acerquen, mejor nos sentiremos.

Entre nacer y morir está la vida, y en ella tomamos un montón de decisiones. Algunas parecen pequeñas, pero sumadas construyen lo que acabamos viviendo.

—¿Cuánto pesa la forma en que nos hablamos a nosotros mismos?

—Muchísimo. Solo con cambiar el «soy así» por el «estoy siendo así» ya dejamos la puerta abierta a actuar de otra manera.

También creo que necesitamos palabras como tristeza, silencio o vulnerabilidad. La tristeza suele tener que ver con una pérdida; el silencio nos ayuda a escucharnos; y mostrarnos vulnerables no nos hace más débiles. Del pasado hay que aprender, no quedarse rumiándolo.

—En la conferencia hubo hasta una pequeña obra de teatro: la historia de Oliver Parker, un joven empeñado en trabajar en un circo. ¿Por qué la incluyó?

—Porque es la historia de alguien que busca su sitio. Prueba con la magia, se equivoca, le dan otra oportunidad, lo vuelve a intentar y acaba descubriendo que lo suyo es hacer reír. El miedo y la vergüenza están ahí, pero también la confianza y la posibilidad de cambiar de camino.

Es una forma de poner en escena lo que dice el libro: para crear algo no basta con desearlo, hay que atreverse y equivocarse. Y saber distinguir lo difícil de lo imposible.

—Crearte tiene además un fin solidario. ¿De dónde viene su vínculo con la Fundación Aladina?

—Mientras escribía sobre la posibilidad de crear nuestra vida, pensaba en los niños con cáncer y en sus familias, en quienes no siempre pueden imaginar y construir el futuro que quieren. Quise que el libro sirviera para ayudarles.

Por eso los derechos de autor y los beneficios del proyecto van a la Fundación Aladina. Quienes vinieron a Alicante ya estaban colaborando con su asistencia, y además se llevaron un ejemplar del libro. Para mí, esa parte es la que da sentido a Crearte.

—Crearte es el segundo libro de una trilogía. ¿Qué relación tiene con Esencial?

—Esencial va de distinguir lo trivial de lo vital, de poner la atención en lo que de verdad importa. Crearte da el paso a la acción: qué hacemos con nuestra vida, cómo buscamos otras posibilidades, cómo nos reinventamos.

El tercero está previsto para febrero de 2027 y girará en torno a una idea que ya adelanté en Alicante: lo que no se mueve, se muere.

—Al final habló de sus años en cuidados paliativos. ¿Qué aprendió escuchando a personas que estaban cerca de la muerte?

—En 1992 participé, con otras personas, en la creación de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, y tuve ocasión de escuchar a personas que sabían que se acercaba el final de su vida.

Muchas lamentaban haber dedicado demasiado tiempo a cosas que no querían hacer, a gente con la que no querían estar o a preocuparse por cosas que nunca llegaron a pasar. Eso me hace pensar en cómo usamos el tiempo. No conviene esperar al final para preguntarnos qué era lo importante.

—¿Con qué idea le gustaría que se quedara el público de Alicante?

—Con una invitación a cuidarse y a cuidar. A elegir bien con quién compartimos la vida y a no dar por cerradas nuestras posibilidades. No hace falta empezar de cero; lo que hace falta es empezar.

Y con otra que para mí es fundamental: no quiero formar parte de una sociedad que vea la bondad y la amabilidad como una debilidad. Terminé recordando un cuento de Gloria Fuertes que resumo a mi manera: lo primero, la bondad; lo segundo, el talento.

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